El ingenioso plan para reconvertir desechos plásticos en valiosos componentes químicos y ayudar al planeta
27 de Noviembre de 2025

Laureada con los Premio Rolex, la bióloga molecular Miranda Wang ha implementado una tecnología con bajas emisiones de carbono para transformar el plástico menos reciclable en un nuevo recurso.

¿Sabías que cada año se fabrican nada menos que 460 millones de toneladas de plástico en el mundo?

Para hacernos una idea, es una cantidad que equivale al peso de unos 930 edificios como el Empire State Building de Nueva York. ¡Casi mil rascacielos de plástico más cada año! Según su composición, el plástico tarda en descomponerse entre décadas y siglos. Y lo peor de todo: solo se recicla un 10% del total producido. Son tantísimos los residuos que se acumulan en la naturaleza que, si seguimos a este ritmo, en 2050 podría haber más plástico que peces en los océanos.

«No hay que olvidar que la vida en el planeta está íntimamente interconectada y que los contaminantes plásticos afectan a toda la cadena alimentaria», advierte la bióloga molecular Miranda Wang, de 31 años. Como se ha descubierto recientemente, también en el cuerpo humano, cerebro incluido, hay un acúmulo de microplásticos. Para esta emprendedora canadiense de origen chino, «la gestión de los residuos plásticos es un problema global de primer orden que nuestra generación debe resolver».

Solo en España consumimos anualmente alrededor de 13,6 millones de toneladas de plástico, de las cuales 1,1 millones de toneladas son de un solo uso. Eso significa que cada año pasan por las manos de cada uno de los españoles 22,7 kilos de plástico de usar y tirar.

En Estados Unidos las cifras son, obviamente, mucho mayores, tanto por el tamaño del país como por sus hábitos de hiperconsumo: «Desde que China, que durante los últimos 30 años ha sido importadora de la mitad de los residuos plásticos del mundo, prohibió las importaciones de este material en 2018, en los vertederos e instalaciones de gestión de residuos de Estados Unidos el plástico se está acumulando a un ritmo de 30.000 toneladas al mes», apunta la investigadora.

Transformando el futuro

Miranda Wang creció rodeada de naturaleza, y siendo adolescente se apuntó a un club de reciclaje. Allí conoció a Jeanny Yao, quien se convertiría en su mejor amiga y, con el tiempo, en su socia. Wang recuerda especialmente una visita que hicieron a una planta de tratamiento de residuos cerca de Vancouver. «Nos impresionó ver cómo aquella colosal acumulación de desechos podía ser manejada de tal manera que sus características nocivas se transfiguraran en algo positivo», recuerda. Entusiasmadas, ambas supieron en ese momento cuál sería su camino profesional: dedicarse a transformar los desechos en materias primas de valor.

Años más tarde, Wang y Yao consiguieron que la Universidad de la Columbia Británica, en Canadá, les cediera un espacio en el laboratorio para desarrollar algunas ideas que tenían en mente. Cerca de allí, en el río Fraser, descubrieron dos bacterias distintas que, cuando se las alimenta de una forma determinada, pueden ser cultivadas para descomponer los productos químicos que conforman el plástico. «Jeanny y yo las estudiamos detenidamente y llegamos a la conclusión de que si esas bacterias eran capaces de cambiar la estructura de los polímeros que forman el plástico, seguramente habría algún modo de poder lograrlo en el laboratorio de una manera más rápida y efectiva por medios químicos», explica Wang.

Al acabar los estudios se asociaron. Miranda Wang había cursado Arte, Filosofía, Biología Molecular e Ingeniería Empresarial en la Universidad de Pennsylvania, en Estados Unidos, y Jeanny Yao, Bioquímica y Ciencias Ambientales en la Universidad de Toronto, en Canadá. 

Convencidas de que lo que se traían entre manos podía ser verdaderamente provechoso, fueron a contar su proyecto a todo aquel que quiso escucharlas. Y tuvieron éxito, porque entre 2015 y 2019 estas emprendedoras infatigables recaudaron 3,5 millones de dólares que invirtieron en la fundación de BioCellection en Silicon Valley, California, semilla de su actual empresa Novoloop. Su objetivo era investigar cómo convertir el plástico de polietileno, uno de los más comunes, en precursores químicos de alto valor económico, bases indispensables para la elaboración de múltiples sustancias y materiales.

 Una tecnología innovadora


Y así, tras muchas investigaciones y mucho tesón, en 2015 implementaron la tecnología ATOD, acrónimo en inglés de Accelerated Thermal Oxidative Decomposition, un proceso químico bajo en emisiones de carbono cuyo objetivo es el suprarreciclaje, lo que en inglés se conoce como upcycling. Es decir, se trata de reconvertir residuos, en este caso plásticos de baja calidad y difícil reciclaje, como bolsas sucias y materiales de envasado de un solo uso, en productos valiosos que tienen múltiples aplicaciones.

«Para ello, trabajamos en una tecnología que descompone el plástico para obtener compuestos químicos de alto valor industrial que permiten producir una gran variedad de materiales». Piezas de electrónica, espuma viscoelástica, materiales aislantes y biodegradables… Unos compuestos químicos útiles para un sinfín de productos de uso cotidiano que obtienen generando muchas menos emisiones de CO2 que si se elaboraran a partir de petróleo crudo, como es habitual, y por supuesto muchas menos que si esa basura imperecedera fuese incinerada en un vertedero.


«No es que el plástico sea ambientalmente nocivo de por sí –aclara Wang–. El tema es que se ha convertido en un problema sistémico debido a la forma en la que se produce, ya que procede de combustibles fósiles, y la extracción de estas fuentes de energía es extremadamente contaminante».


En 2019, esta revolucionaria tecnología que permite producir sustancias químicas útiles a partir de residuos plásticos granjeó a Miranda Wang el Premio Rolex, unos galardones que la histórica marca relojera suiza otorga desde hace casi 50 años en el marco de la Iniciativa Perpetual Planet. Estos premios tienen como objetivo apoyar la labor de personas excepcionales que han demostrado el coraje y la convicción necesarios para asumir grandes desafíos. Y Wang encaja a la perfección con esos valores que Rolex busca homenajear: calidad, ingenio, determinación y un espíritu emprendedor.

«Para mí –reconoce la Laureada–, ingresar en la Comunidad Rolex fue poder acceder a un grupo de gente con un perfil impresionante: exploradores, científicos de excelencia, emprendedores pioneros… En grupos como este no solo se genera conocimiento, sino también una forma de pensar optimista en la búsqueda de soluciones que reviertan los grandes problemas que afronta la humanidad». Además, añade, «te brinda la oportunidad de establecer valiosísimas conexiones con todas esas personas de mentalidad afín que, juntas, desean afrontar problemas de ámbitos distintos mediante soluciones interconectadas».

Este reconocimiento hizo posible que Wang y a Yao siguieran mejorando su proceso y empezar a crear, a partir de residuos, materiales nuevos que fuesen competitivos en el mercado. Así, tras años de trabajo y con la idea de expandir su tecnología en zonas geográficas clave, Novoloop construyó una planta experimental en Surat, una ciudad de la costa oeste de la India, con el apoyo crucial de la Iniciativa Perpetual Planet. La planta, que entró en funcionamiento en 2024, convierte residuos de polietileno en elementos químicos de alto valor.

«Esta pequeña planta experimental es un modelo para las fábricas a escala mundial –afirma Wang–. Ya no utilizarán combustibles fósiles para fabricar materiales valiosos, sino residuos, las 24 horas del día, los siete días de la semana y de forma totalmente automatizada. En el futuro podremos usar esta tecnología para acabar con el consumo de combustibles fósiles y hacer que la economía del plástico sea circular».

Mediante la colaboración con líderes industriales, Novoloop pretende lograr el mayor impacto posible en el mundo real. Los componentes químicos básicos que producen en la planta de Surat se envían a sus socios en China, líder mundial de la industria del poliuretano. Allí se utilizan como materia prima para fabricar un producto intermedio y materiales formulados, que luego se pueden usar para fabricar productos comerciales de alta calidad, como zapatillas deportivas. Asociaciones como esta les permiten acelerar la comercialización y, por lo tanto, su impacto. 

El éxito de la planta experimental ha sido tal que Novoloop ya tiene en marcha planes para ampliar la producción. Para 2030 prevén reconvertir hasta 175.000 toneladas de residuos plásticos, lo que supondrá una reducción de hasta 800.000 toneladas de CO2 al año.


Trabajando por un mundo mejor


¿Es Miranda Wang una persona optimista? «Bueno, no es que trabaje cada día en función de lo esperanzada que estoy –responde–. Más bien es que pienso que no hay otra opción que seguir trabajando por un mundo mejor». Ella opina que en cada generación ha habido un «día del juicio final» en el que parecía que el futuro no iba a tener cabida. «Pero aquí estamos –dice–. A diferencia de las otras especies, la humana es capaz de detectar las amenazas que afrontamos. De hecho, las estamos viendo con claridad». Y una tarea pendiente y urgente, advierte Wang, es aplicar las medidas necesarias para lograr un futuro en el que se usen materiales 100% circulares. «Sin duda, el camino será largo», asume.

Con la tecnología ATOD, Wang estima que se podría recuperar alrededor del 25% del polietileno. Es posible ir más allá, señala la científica, pero eso requiere una mayor inversión en infraestructuras e innovación. En cualquier caso, insiste en que hay que tener en cuenta que, aparezcan las tecnologías que aparezcan, debemos reducir el uso de plásticos, sobre todo los de usar y tirar, lo que requiere un cambio sistémico. Un cambio de mentalidad colectiva que pasa por no atribuir tu valor personal a las cosas que tienes.


«Lo importante no es cuántas cosas tienes, sino la calidad de esas cosas –declara Wang–. Y, sobre todo, cuánto sentido tienen en la época que estamos viviendo».


«Solo los seres humanos generamos residuos que la naturaleza no puede digerir», dijo en su día el capitán Charles J. Moore, oceanógrafo californiano quien por primera vez llamó la atención del mundo sobre la Gran Mancha de Basura del Pacífico, una descomunal área del océano Pacífico cubierta de desechos plásticos flotantes. Miranda Wang y su gente trabajan para enmendar ese grandísimo error.

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